Compartir tus trotes o entrenamientos con tu perro puede fortalecer el vínculo y mejorar su bienestar, pero no es una actividad apta para todos. La veterinaria y etóloga Francisca García entrega las claves para evaluar si está preparado, cómo incorporarlo de forma progresiva y qué señales de alerta no se deben ignorar.
Por Josefina Hirane
Son las siete de la mañana y la ciudad todavía bosteza. Las veredas están casi vacías y, a lo lejos, se repite una escena cada vez más común: una persona trotando, auriculares puestos, y a su lado un perro avanzando con entusiasmo, la lengua afuera y la cola en alto. La imagen transmite bienestar, vínculo, vida sana. Pero lo que muchas veces no se ve es que, para los perros, correr no es solo un panorama entretenido ni una extensión automática de nuestras rutinas deportivas. Es una exigencia física real, con riesgos si no se hace de forma informada.
“Desde el punto de vista veterinario, correr no es solo ‘hacer ejercicio’, es una exigencia fisiológica”, advierte la veterinaria y etóloga Francisca García (@frangarcia.vet en Instagram), quien explica que antes de incorporar a un perro a este tipo de actividad es clave evaluar su estado de salud de manera integral.
¿Está realmente apto para correr?

No todos los perros pueden —ni deben— salir a correr, al menos no sin una evaluación previa. La edad es uno de los primeros factores a considerar. En cachorros, por ejemplo, “aún hay placas de crecimiento abiertas, lo que puede significar un riesgo ortopédico importante”. En el otro extremo, en perros senior, aumentan los riesgos articulares y cardíacos.
El chequeo debe incluir también el estado osteoarticular, ya que patologías como la displasia de cadera o de codo pueden agravarse con el impacto repetido. A esto se suma la evaluación del sistema cardiovascular y respiratorio: “pueden existir soplos u otras alteraciones que no siempre son evidentes a simple vista”, señala García.
La condición corporal es otro punto crítico. El sobrepeso y la obesidad no solo afectan las articulaciones, sino que también incrementan el estrés térmico durante el ejercicio. En palabras de la especialista, correr con un perro con exceso de peso “aumenta significativamente el riesgo de lesiones y de problemas asociados al calor”.
¿La raza define todo? No necesariamente

Es cierto que hay perros que, por su genética, tienden a tolerar mejor la actividad física intensa. “Los perros de deporte o de trabajo, como Border Collie, Pointer o mestizos bien conformados, suelen tener mejor tolerancia”, explica García. Sin embargo, también existen grupos con mayor riesgo: los braquicéfalos —como Bulldog, Pug o Boston Terrier— por sus dificultades respiratorias; las razas condrodistróficas, como Dachshund o Basset, por su estructura corporal; y las razas gigantes, como Gran Danés o Mastín, por su mayor riesgo articular.
Aun así, la veterinaria es clara en relativizar el factor racial: “Lo más importante es el estado físico individual, que pesa más que la raza”. Un Border Collie sedentario y obeso, advierte, no está en condiciones de correr, mientras que “un mestizo bien entrenado y sano sí podría estarlo”.
Progresividad, equipamiento y algo más que kilómetros

Incorporar a un perro a la rutina deportiva debe ser un proceso gradual. No existe una fórmula universal de tiempos o distancias. “Yo siempre partiría de a poco, pocos kilómetros, un par de días a la semana, y me guiaría mucho por lo que voy observando en la conducta de mi perro”, explica García. Señales como cansancio excesivo, dolor o cambios en la actitud son indicadores clave para ajustar la intensidad.
El contexto también importa. El clima, la hidratación, la alimentación y el descanso son fundamentales. En algunos casos, puede ser necesario complementar con suplementos como omega 3, electrolitos o antioxidantes, siempre bajo supervisión veterinaria.
El equipamiento no es un detalle menor. “El arnés es muy importante: no deberíamos usar jamás collar para correr”, enfatiza. La correa, idealmente, debería ser larga —tres metros o más— o utilizar sistemas específicos como el canicross, que permiten mayor libertad de movimiento y reducen el riesgo de tirones bruscos.
Desde la etología, García hace una advertencia clave: el ejercicio físico no reemplaza el enriquecimiento mental. “Correr sin autocontrol puede aumentar ansiedad y reactividad”, señala, recordando que un perro equilibrado necesita también estímulos cognitivos, olfativos y sociales.
Señales de alerta que no se deben ignorar

Durante el ejercicio, hay síntomas que obligan a detener la actividad de inmediato: jadeo excesivo o ruidoso, lengua muy oscura o demasiado pálida, descoordinación, detenciones bruscas, rechazo a seguir avanzando o una cojera evidente.
Después de correr, también es importante observar al perro. Rigidez marcada, dolor al levantarse, letargo prolongado, vómitos, diarrea, tos persistente o cambios de conducta —como irritabilidad o evitación— son señales de que algo no anda bien.
Existen, además, situaciones que constituyen una emergencia veterinaria inmediata. “Colapso, golpe de calor, desorientación o convulsiones requieren atención urgente”, recalca García.